VIVIR EN EL UNIVERSO INFINITO

• PREÁMBULO
• LA LEY
• RELIGIONES DE LAS ÉPOCAS ESCLAVAGISTAS
• LA VERDAD
• EL AMOR
• EL JUICIO
• LA LIBERACIÓN
• EL UNIVERSO INFINITO


PREÁMBULO

Este ensayo no sólo representa el fruto de unos esfuerzos espirituales especulativos, sino fruto de unas acumulaciones y esfuerzos de buscar la Verdad a través de vivencias espirituales sinceras. Sinceridad, sinceridad, sinceridad es la clave que fue abriendo el camino hacia intuir paso a paso, la Verdad. Mientras vivas excesivamente en el mundo de lo que aparentemente sabes, no puedes convertirte en receptor en el camino de la resonancia espiritual. El estado de recepción obtenido a través de entrega sincera del alma, viviendo plenamente el dictón socrático “sé que no sé nada”, es una manera de vivir la alegría de un modo de conocer distinto.
El autor.
Virgil Beceru Copyright © 2006-2017
Ninguna parte de este ensayo no puede ser reproducida en cualquier forma o por cualquier medio sin el permiso escrito del autor.

Capítulo I
LA LEY

“De cierto os digo que cualquiera que no reciba el reino de Dios como un niño, jamás entrará en él.” [Lucas: 18-17].

Moviéndose en el campo del pensamiento sensorial y verbal, el hombre no es consciente de que todo lo que percibe con sus sentidos en realidad le es desconocido. No ser conscientes del lado desconocido de todo lo que aparentemente conocemos es ceguera espiritual equivalente a la ceguera en plano sensorial. Vivimos de verdad con la impresión de que, si conocemos el nombre de algo significa que conocemos ese algo. “El único conocer verdadero es saber que no sabes nada” dijo Sócrates, el filósofo de la antigüedad griega. Saber que no sabes, entender y restar siempre consciente de esta verdad, es lo que te lleva a la situación de establecer cierto contacto de alma y cierta relación con lo desconocido que hay por todas partes en el campo del conocer sensorial. Llegar a ser cada vez más consciente de que el ser no te es conocido y no te pertenece más que una estrella del cielo significa en gran paso hacia adelante por el camino del entendimiento de que tu ser es gobernado por su propia voluntad sólo en poca medida, variable según el nivel de integracion cósmica.
En la vida diaria trabajamos con lo que aparentemente sabemos, pero muchas veces aparecen situaciones impredecibles cuando ya no sabemos qué creer. De aquí la necesidad de acudir a la ayuda mágica, a las supersticiones. El hombre notó a partir de tiempos remotos que a través de una fe firme, puede inclinar la balanza del azar a su favor en varias situaciones. Todas las magias y las religiones han tenido como meta la preparación psíquica para reforzar la fe en el éxito en situaciones extremas. La confianza trae calma, lucidez y lleva al éxito mientras que la duda trae consigo temor, agitación, trastorno y lleva al fracaso. Además, aun hoy en día la gente sigue acudiendo a oraciones, encantamientos, rituales, talismanes, oráculos, horróscopos, para inclinar la balanza del destino a su favor.
La idea del infinito es impropia para la mente basada en el conocimiento a través de sensaciones y percepciones, para las cuales todo parece tener fin. La mente sensorial concibe el Universo como haber sido engendrado por un Creador que, igual a un artesano, dispone de su creación. Pero el hombre no puede contestar la pregunta: “¿quién creó al Creador?” y le costaría mucho entender que el Creador y la creación son inseparables, formando una Entidad Única. Acudiendo a Dios tal y como acude a cualquier otro tipo de magia, resuelve sus problemas de existencia terrestre. Esta solución, empíricamente descubierta es ingeniosa y puede resultar útil a veces, pero sitúa al hombre en una falsa relación consigo mismo y con el Universo.
Al descubrir la verdad de que su Ser es infinito, que el Ser y el Universo están integrados de manera recíproca en un Todo unitario y que evolucionan siguiendo unas Leyes Universales, él podría entender quién es y establecería unas relaciones totalmente distintas consigo mismo y con el medio ambiente. Creer en fuerzas inmateriales que gobiernan el Universo material ha producido la dicotomía alma-cuerpo, espíritu-materia, Dios-Diablo. En el pensamiento ingenuo primitivo el cuerpo físico fue desconsiderado como siendo la fuente de todos los males, y el alma considerada inmortal, sobreviviendo a la desintegración del cuerpo físico, pasando por reencarnaciones sucesivas o viviendo bajo formas etéreas y astrales, llegando al “Juicio Final”, al “Paraíso”, al “Infierno”, etc. La creencia en la pre-existencia del alma antes del nacimiento del cuerpo físico y en su post-existencia después de la muerte apareció como consecuencia del hecho de que el hombre primitivo, por su modo de pensar ingenuo, “ve” como el cuerpo físico efímero muere, pudre y desaparece, y el alma inmortal va al Paraíso o al Infierno o se reencarna.
El alma y el cuerpo juntos son una sola Entidad cósmica. No existe Universo inmaterial separado del Universo material, ellos coexisten sólo en unidad. El alma, el espíritu, el yo expresa el campo energético e informacional consciente y subconsciente de la personalidad de cada individuo humano. A partir del momento de la concepción el subconsciente del Ser y, además, cada célula está en permanente cambio de información con el Universo. En el Universo nada queda desconocido, nada desaparece e, todo lo que sea necesario es trasmitido tanto a la célula, como al Ser Supremo por un proceso feed-back de resonancia cósmica. El Universo está en eterna evolución, el caos es seguido por un nuevo orden, la integración sigue a la desintegración.
El hombre descubre siempre las leyes y las armonías del Universo. Él ha notado que cierta acción es seguida por cierta reacción, cierta causa es seguida por cierto efecto. Ni la causa, ni el efecto no tienen nada que ver con la piedad, la ira o la venganza del Universo, sino son fenómenos relativamente para conocer y para expresar a través de lenguajes científicos. El Universo no es ni bueno, ni malo, no favorece una célula u otra o un macro o un microsistema, no perdona y no castiga.
Las leyes del Universo actúan de manera harmoniosa, igual, oportuna.

Capítulo II
RELIGIONES DE LAS ÉPOCAS ESCLAVAGISTAS

“No temáis a los que matan el cuerpo pero no pueden matar al alma. Más bien, temed a aquel que puede destruir tanto el alma como el cuerpo en el infierno” [Mateo 10:28].

La antigüedad esclavagista produjo religiones útiles en aquellas épocas. La religión mosaica concebida e impuesta por Moisés, comprendiendo la fe en un Dios Único, unificó a los hebreos desunidos por la creencia en ídolos les ayudó sobrevivir a la esclavitud y las incontables guerras. El Dios de Moisés, intolerante para con los dioses de otros pueblos, se convierte en un Dios del terror y la atrocidades, participante como compañero en guerras de conquista: “Yo Soy, y conmigo no hay más dioses, tomaré venganza de mis enemigos, Mi espada devorará carne, y Mis flechas embriagaré con sangre: con la sangre de muertos y cautivos” [Deuteronomio: 32-39, 41, 42]. Él hace juramentos y compromisos con el “pueblo elegido”, al cual promete que le hará dueño de toda la Tierra: “Pídeme, y te daré por heredad las naciones, y por posesión tuya los confines de la tierra” [Salmos: 2-8]. Esta religión fue impuesta por Moisés a través de la violencia y el genocidio: “«¡Cíñase cada uno su espada, y pasad y volved, de entrada a entrada del campamento! ¡Matad cada uno a su hermano, a su amigo y a su pariente! » Aquel día cayeron del pueblo como 3.000 hombres” [Exodo: 32-27, 28].
Comparado con el Diablo, el Dios de Moisés fue desenmascarado ulteriormente por Jesús: “Vosotros sois de vuestro padre el Diablo. Él era homicida desde el principio y no se basaba en la verdad, porque no hay Verdad en él. Cuando habla mentira, de lo suyo propio habla, porque es mentiroso y padre de mentira. El que es de Dios escucha las palabras de Dios. Por esta razón vosotros no las escucháis, porque no sois de Dios” [Juan: 8 – 44, 47]. Jesús quiso reemplazar a este ”Dios” del terror con uno del amor, hecho por el cual pagó con su propia vida.
Los Dioses de la religión cristiana e islámica son, en el fondo, parecidos al Dios de Moisés, los que harán hombres intolerantes y vengativos, practicando guerras “santas” esperando la justicia y la venganza divina en el “Juicio Final”. Hace un par de siglos, la Iglesia cristiana tenía el papel de policía para disciplinar y educar las sociedades cristianas a través de la presión y el terror. El espíritu laico estaba considerado diablesco y la gente que contradecía la enseñanza de la iglesia era juzgada, torturada y quemada en la hoguera. Los cristianos son educados toda su vida en el espíritu de autoculpabilizarse, son aterrorizados con mitos y apocalipsis de la ira, del castigo y de la venganza, con el fin escondido de amañar las mentes de los futuros esclavos. Tras heredar el “pecado ancestral”, los niños son culpados desde nacer y el bautismo significa borrar la culpa de haber nacido “precadores”.
Cada Dios basado en terror crea hombres con psicología de esclavos. Los monjes adoctrinados en los monasterios, encerrados en un laberinto espiritual halucinógeno, viven el “paraíso” de unos asilos comunitarios. La única felicidad del esclavo librado de “la preocupación terrenal” queda la de limosnear, halagar y alegarse de la piedad de su amo. El hombre llega a ser inepto para asumir con dignidad la lucha, la vida, la evolución, y no puede vivir sentimientos normales de hermanar con el medio ambiente, vagando en un mundo hóstil, en el que “Nuestro Señor” interviene a su antojo:
“Yo hago morir y hago vivir; no hay quien pueda librar de mi mano” [Deuteronomio: 32-29].
La fe en dioses coexiste con la creencia en el poder del dinero, de las armas, de la astucia, del terror, etc. En el mundo religioso Dios existe y “funciona” gracias a las fuerzas extraordinarias de la sugestión y de la autosugestión. Para el ateo Dios no “funciona”, luego no existe. Las experiencias con la ayuda de la hipnosis corroboran el poder ingente de la mente humana movida por la sugestión y la autosugestión.
Todos los eventos en la vida del hombre llamado fiel se han convertido en ocasiones para rituales y otros servicios de carácter mágico-religioso, a los cuales ha llegado a ser adicto. Sin castigos y mitos apocalípticos de horror, él es abrumado por el miedo ante la vida y la muerte. Desde hace miles de años los mitos le han regido el alma. La gente tiene que entender el fin por el cual han sido creadas, a su tiempo, estas religiones pobladas por Dioses que se enfurecen, maldicen, amenazan, juzgan y castigan.

Chapter III
LA VERDAD

“Yo soy la luz del mundo. El que Me sigue nunca andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” [Juan: 8-12].

Hace 2000 años el Hombre Jesús descubrió y transmitió a sus semejantes la Verdad sobre el hombre y su condición existencial en el Tierra. La doctrina de Jesús es ciencia, no una religión. La Verdad tiene que ser entendida, asimilada, practicada, no creída.
Jesús dijo: “yo soy en el Padre, y el Padre en mí, Yo y el Padre una cosa somos” [Juan: 14-10, 10-30]. Estas palabras expresan la siguiente verdad fundamental sobre el hombre y el Universo: el Ser es una parte del Universo, el Ser y el Universo están recíprocamente integradas en una Unidad viva y eterna.Redescubriendo esta verdad, podemos entender nuestra verdadera identidad. Alzados a la condición de “Hijos”, estamos integrados, formamos parte del ser del “Padre” y ahora “Él” forma parte de nosotros. Entender que somos Hijos del Universo es el primer escalón, llamado por Jesús “El Camino”: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” [Juan: 14-6].
Los hijos de los hombres que no conocían la Verdad estaban como muertos: “Deja que los muertos entierren a sus muertos” [Luca: 9-60]. El entendimiento, la adopción y la práctica de la Verdad se llamaron “Nuevo Nacimiento” del alma, no del cuerpo: “Lo que ha nacido de la carne, carne es; y lo que ha nacido del Espíritu, Espíritu es” [Juan: 3-6]. El logro de la condición de “Hijo” y el descubrimiento del “Padre” significan la “Resurrección”: “Los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que oyen vivirán” [Juan: 5-25]. Jesús asienta al hombre en una nueva posición respecto al Universo, la de Padre-Hijo: “Pero a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio derecho de ser hechos hijos de Dios” [Juan: 1-12].
El vínculo Padre-Hijo creará una nueva relación entre el hombre y el Universo, basada en sentimientos de amor y comunión, sentimientos que anulan la antigua relación entre el amo y el esclavo: “El esclavo no permanece en la casa para siempre; el Hijo sí queda para siempre” [Juan: 8-35]. El Hijo le debe al padre asumir la dignidad y la responsabilidad de hijo, mientras que el esclavo le debe al amo sumisión y miedo. El nuevo modo de vivir y pensar del “resurrecto” se llamó “El Reino de los cielos”. La palabra no representa nada en sí, a no ser que encuentre el modo de manifestarse en el ser del hombre: “los cuales nacieron no de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad de varón, sino de Dios y el Verbo se hizo carne” [Juan: 1-13].
A través de la incorporación en el Ser entero, la palabra llega a estar viva igual que la semilla de una planta, que cae en tierra fértil. La palabra escrita o pronunciada es un escalón, un camino, un medio que tiene que ser superado, no vuelto fetiche y transformado en dogma. Escribir o pronunciar la palabra no significa vivirla. La palabra escrita o dicha es la ola de la superficie del océano del vivir.
La palabra vivida engendrará nuevas formas igual que una planta que hace frutas a través de sus semillas: “El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre. Pero el que fue sembrado en buena tierra, éste es el que oye la palabra y la entiende, el que de veras lleva fruto y produce, uno a ciento, otro a sesenta, y otro a treinta por uno” [Mateo: 13-23,37]. La palabra de la Verdad es como el grano de mostaza “que un hombre tomó y sembró en su campo y que es la más pequeña de todas las semillas; pero cuando crece, es la más grande de las hortalizas y se convierte en árbol, de modo que vienen las aves del cielo y hacen nidos en sus ramas. El reino de los cielos es semejante a la levadura que una mujer tomó y escondió en tres medidas de harina, hasta que todo quedó leudado” [Mateo: 13-31, 32, 33].
Para la gente que recibía su palabra, Jesús se consideraba como un pan espiritual y como un agua viva: “Yo soy el pan vivo que he descendido del cielo. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida [Juan 6-54, 55].
“El Hijo” por “la incorporación del Espíritu de la Verdad”, volverá a nacer, descubrirá que ahora y desde siempre su Ser forma parte del “Padre”, que es “Hijo”, no esclavo. El hijo renacido es redefinido como hombre, cobrará otra dignidad. Es el “Hijo enviado” del Universo -“Padre”, libra las almas perdidas en el infierno del error y vuelve a establecer el nexo primordial entre el hombre y el Universo.

Chapter IV

EL AMOR

“Éste es el grande y el primer mandamiento: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Y el segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” [Mateo: 22-37, 39].

En tan sólo 4 palabras: “Amad a vuestros enemigos” [Mateo: 5-44], Jesús mandó a la nada la lucha con “el enemigo”, con el “Diablo”, la lucha entre “El Bien” y “El Mal”. El amor de Jesús no es una replica ostentosa dirigida al “Mal”, sino otro modo de luchar. Un ejercicio de automodelación significa curar el alma de la peste de la intolerancia. Cultivando incesantemente el amor para el “Padre”, el alma es vaciada del odio, el miedo, el desprecio hacia el “semejante”, y también hacia el “Diablo”.
Este amor cristiano no es la respuesta dada “al enemigo” con el fin de ablandarlo, ironizarlo, volver a educarlo o castigarlo. Ella tiene como meta sólo la protección de la propia alma, que tiene que ser protegida de la decadencia.
Según la enseñanza de Jesús, los sentimientos de odio y desprecio, con todos sus matices, bajo cualquier forma y en cualquier circunstancia tienen que ser borrados del alma aun al precio de su vida.
Quien odia y lucha para destruir al ”Diablo”, sirve al “Diablo”, se contamina del odio y llega a ser “Diablo”. “El Bien” que desprecia, que odia ya no existe, se convierte en “Mal”. “Y al que quiera llevarte a juicio y quitarte la túnica, déjale también el manto. A cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos, cualquiera que te golpea en la mejilla derecha, vuélvele también la otra” [Mateo: 5-39,41] son palabras imposibles de entender y de aceptar por un espíritu que no se plantea estos problemas.
Cualquier acto denigrante dirigido hacia lo que sea y quien sea, es destructivo y al fin y al cabo autodestructivo
El injurio que dirigimos, por ejemplo, a una piedra de la que hemos tropezado por falta de atención, activará de manera refleja la ira cada vez que volvamos a dar con algo parecido. La intolerancia del pastor manifestada a través de la violencia verbal y física hacia el rebaño de reses se extiende a toda su vida, a sus relaciones familiares y sociales. Al decir: “Vuelve tu espada a su lugar, porque todos los que toman espada, a espada perecerán” [Mateo: 26-52], Jesús se refirió a la muerte espritual del que saca la espada a través de la palabra, el gesto, la actitud, el acto.
En la Biblia, en el primer Libro de Moisés, vemos cómo se produjo para el hombre la contaminación fatal por el “Bien” y el “Mal”, después de que “Eva”, engañada por el “Diablo”, cometió el “pecado” de la desobediencia originar, tomando frutos del árbol del Conocimiento del “Bien” y del “Mal”. Adán y Eva de hecho ya conocían el “Bien” y el “Mal” antes de consumir el “fruto prohibido”.
Sólo así pudieron entender el “Bien” de seguir la orden y el “Mal” de ser castigados con la muerte, cuando Dios les dijo: “del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que comas de él, ciertamente morirás” [Genesis: 2-16]. El abrir los “ojos” cuando “Adán” y “Eva” “vieron” que estaban desnudos, sintieron vergüenza y se escondieron de la mirada de Dios, significa la aparición del pensamiento como consecuencia del desarrollo del lenguaje y de la memoria, fenómenos que tomaron lugar en millones de años de evolución de incontables generaciones de “Adanes” y “Evas”.
A lo largo de la evolución, las reacciones orgánicas de repulsión hacia algo desagradable llegaron a ser reacciones psíquicas manifestadas a través de sentimientos de horror hacia el “Mal”. El dualismo antagónico “Bien”-“Mal” es un producto de la mente sensorial enfermada de sentimientos negativos. El hombre extendió este dualismo destructivo inventado un espíritu del “Bien”, Dios, y un espíritu del “Mal”, el Diablo. Llegando a ser intolerante, él se alejó de su condición inicial, “paradisíaca”. En el ámbito infinito no existe el antagonismo “Bien” – “Mal”, existen varios estados de evolución y distintas formas de organización, y el rechazo de algo dañoso no significa un “Mal” digno de desprecio.
“Adán” y “Eva” se contaminaron del espíritu intolerante del Dios de Moisés, que amenaza, se enfurece, maldice, condena y castiga el “Mal”.
El hombre puede volver a ganar su “inmortalidad” y su condición “paradisíaca”, logrando, en un plan superior, “la reconciliación” con “el Padre”, librándose del dualismo antagónico “Bien-Mal”, “Dios-Diablo”. El “Universo-Padre” no es ni bueno ni malo, Él es. En el Universo Infinito no existen sentimientos de odio o deprecio para algo, existen Leyes de la Unidad y de la Armonía Universal. El miedo tiene que ser reemplazado por amor y el hombre convertido en Hijo ganará el respeto para sí mismo y para Todo. El amor hacia “el Padre” es el esfuerzo del alma de entrega al Todo, y la alegría de estar juntos, “olvidando” de la ciencia y los deseos de la mente sensorial viviendo plenamente el dictón socratico “Sé que no sé nada.”
El Hijo verdadero va a neutralizar la rabia del que le agrede, practicando el perdón y el amor para el “Padre” con todo su pensamiento, con toda su alma y con todo su poder” asumiendo con dignidad la condición de Hijo. El que practica sentimientos destructivos anula cualquier posibilidad de acceso a la unidad universal y decide por sí solo su condena al estado de aislamiento, alejamiento y desintegración. Cualquier relación de tolerancia-paz-perdón-amor para alguien-algo en plano sensorial, “el prójimo”, es mudable, discontinua, mesquinamente condiconada y al fin y al cabo hipócrita y viciosa si no deriva del esfuerzo de perdón-tolerancia-amor no condicionado para el plano extrasensorial el Universo Infinito – “Padre”.
Sólo practicando el amor y el perdón para Todo podremos lograr la comprensión para el “prójimo” que puede significar cualquier ser o cosa del plano sensorial.

Chapter V
EL JUICIO

“Ahora es el juicio de este mundo. Ahora será echado fuera el príncipe de este mundo” [Juan: 12-31].

En tan sólo 3 años, cuanto se le permitió vivir como Maestro, Jesús intentó regalar al pueblo hebreo una Doctrina de la Verdad, por la cual redefinir el ser del hombre, y reemplazar al antiguo Dios-Amo con el nuevo Dios-Padre: “Ahora es el juicio de este mundo. Ahora será echado fuera el príncipe de este mundo” [Juan: 12-31]. La iglesia judía lo consideró un peligro para la antigua fe mosaica y lo suprimió con crueldad, y su cuerpo fue raptado y hecho desaparecer.
Luego hubo casi 100 años de persecuciones para los primeros cristianos, que se dispersaron por el Imperio Romano. Entre los acosadores más crueles estaba el teólogo hebreo Saúl de Tarso. De persecucionista, éste se convierte de la noche en la mañana en “adepto” del cristianismo, llevando a cabo un plan de destrucción de la Doctrina de Jesús y de los primeros cristianos a través de la diversión y la mistificación.
Otro fin importante era el de proteger la Iglesia judía de una reforma religiosa que Jesús hubiera realizado si no hubiera sido suprimido físicamente. Después de llegar a ser cuidadano romano, tomando, el nombre de Pablo, Saul difunde en el Imperio Romano la nueva religión basada en malversar completamente la verdad sobre la Doctrina, la vida y la muerte de Jesús.
La Doctrina de Saúl fue concebida especialmente para “los pueblos” (los no hebreos). Según esta religión, Jesús es el Hijo Único de Dios, concebido y enviado para reparar a través de su muerte “el pecado originar” de Adán y Eva.
El emperador Constantino utilizó la nueva religión para descartar a sus rivales y para conseguir el poder. La entera cristianidad fue influenciada por la falsa doctrina, hábilmente concebida, formulada y pregonada par Saul.

Chapter VI
LA LIBERACIÓN

“Y la verdad os hará libres; todo aquel que practica el pecado es esclavo del pecado” [Juan: 8-32, 34].

La liberación del “Infierno” y la vida en el “Paraíso” sólo es posible a través del conocimiento de la Verdad que somos Hijos, no esclavos, que ahora, en un presente eterno, somos parte integrante del “Padre”, el Universo Infinito. La renovación espiritual del “Hijo nacido de nuevo” traerá consigo la purificación de su alma tras quitar del alma “el pecado”, la ”cizaña” sembrada por el “Diablo”: “Cuando llegue el tiempo de la siega, yo diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en manojos para quemarla. Pero reunid el trigo en mi granero” [Mateo: 13-30]
Los tesoros espirituales tendrán mucho más valor que los terrenales: “No acumuléis para vosotros tesoros en la tierra, más bien, acumulad para vosotros tesoros en el cielo, porque donde esté tu tesoro, allí también estará tu corazón. [Mateo: 6-19, 21].
Un hombre pobre desde el punto de vista material pero rico espiritualmente (en el Ánima) tiene mucho más chances de automodelación e integración por el camino de la salvación de su alma: “Bienaventurados los pobres, en espíritu” [Mateo: 5-3], que un hombre pobre “de Espíritu” pero rico desde el punto de vista material (los ricos con felices con el cuerpo). A duras penas podría un hombre con riquezas materiales llegar a ser rico y feliz “en Alma” para ver “El Reino de Dios”: “De cierto os digo, que difícilmente entrará el rico en el reino de los cielos. Que le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios” [Mateo: 19-23, 24].
La meta de cultivar el “Amor” y “el Perdón” es la “Resurrección”, el “Nuevo Nacimiento”, y la “Ascensión” del hombre del “Infierno” del error y la intolerancia. El “Infierno”, el “Paraíso” no expresan más que el universo mental y espiritual vivido por el hombre Aquí y Ahora.


Chapter VII

EL UNIVERSO INFINITO

“Yo he venido a este mundo para que vean los que no ven, y los que ven sean hechos ciegos” [Juan: 9-39].
“Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas de los sabios y entendidos y las has revelado a los niños” [Lucas: 10-21].

A fondo el hombre actual laico y religioso vive en el mismo Infierno que el hombre arcaico. La revolución técnica del último siglo le ayuda adquirir con mayor facilidad algunos bienes materiales, pero no le ayuda para nada salir de las enfermedades de la mente y del alma. Ni el hombre laico, ni el hombre religioso se da cuenta del verdadero lugar que debe ocupar en el Universo.
Los guías espirituales de todas las religiones, no sabiendo o fingiendo no saber cuyas herramientas son, se complacen en el egoísmo, la mezquindad y la hipocresía que muchas veces se les lee en la cara.
Su “Dios” no les permite de ninguna forma salir de la mentalidad de esclavos, horrorizado por los mitos inventados por mentes primitivas.
De Moisés se ha mantenido la tradición que el “Todopoderoso” puede ser contactado sólo por “elegidos”, a través de rituales mágicos, sacerdotes y magos. Perdido en soledad y sufrimiento, siempre descontento de lo que tiene, el hombre es completamente ajeno a la felicidad de la Unidad en el Todo Infinito.
Para todos los fieles sea cual sea su religión, la redención sólo significa la piedad de un Dios que les perdona el sinfín de “pecados”. Miles de años de vida en error no han traído nada en el ámbito religioso, nada más que nuevos mitos y nuevos acontecimientos “milagrosos”. Cuando entienda quién es, el hombre podrá cambiar completamente su mentalidad y podrá establecer otras relaciones consigo mismo y con el medio cósmico.
Estabecer correcta o incorrectamente esta relación crea, según hemos mostrado, el “Infierno” o el “Paraíso” en el que el hombre vivirá.
En la relación con el “Padre” Infinito, ser feliz es una obligación, un escalón, un medio no un resultado, una recompensa, una meta. La infelicidad, el desagrado, el miedo, la ira son enfermedades psíquicas que van asociadas inevitablemente con el plano de abajo, el de las vivencias autodestructivas, a través de las cuales, perdiendo la condición de Hijos, nos convertimos en esclavos.
La Doctrina de Jesús es el “nuevo Nacimiento ”, la “Resurrección” y la “Ascensión” a la condición de Hijo, enviado del Universo. Falsificar esta doctrina es obra de la religión dicha cristiana que ha tenido la humanidad en error y terror a lo largo de 2000 años.
El Ser Infinito nos está llamando para cultivar el Amor sin márgenes como ejercicio espiritual. Quien se deje inundar por el sentido verdadero del Amor y del Respeto para Todo, como modo de vida, ganará el poder de “amar al prójimo”.
La sinceridad total, el respeto, la devoción son sentimientos que tenemos que descubrir en nuestro afán hacia lo alto. El miedo de un Amo airado, celoso, vengativo, el miedo de la muerte y todo el arsenal de mitos quedarán atrás como un sueño ingenuo inventado por el hombre prehistórico. Tenemos que asumir con calma y serenidad esta realidad de los dos mundos en los que existimos: el mundo sensorial, aparentemente finito y el mundo extrasensorial del Universo Infinito
No tiene sentido que el Universo sea conjurado a que cambie su trayectoria o el programa de sus Leyes. No es el “Padre” al que se le tiene que pedir que cumpla deseos del hombre sino que el hombre tiene que aprender a acceptar con valentía la evolución cósmica. La valentía de asumir lo dado, entendiendo y aceptando con alegría la vida y la muerte como fenómenos de la evolución, nos devolverá la dignidad de Hijos del Universo. De este modo, podemos volver a definirmos como seres, encontrando de nuevo el lugar que siempre hemos ocupamos en el Universo.
Vivimos a la luz de una verdad evidente, la que descendemos del Universo Infinito, que nuestro Ser es infinito, que junto con el Universo entero somos una Unidad en eterna evolución, que todo el Universo se refleja en nosotros y nosotros en él, que cada célula de nuestro ser es gobernada por las mismas Leyes de la Evolución Universal.

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